Guitarra Hermanos Sentchordi, S. XIX
Curioso ejemplar producido por los hermanos
Sentchordi, que trabajaron en su taller de la calle Bolsería de Valencia
activo desde 1861 hasta 1905, y que heredaron el taller de su padre, Manuel
Sentchordi, quien comenzó a trabajar sobre 1720.
Comparando
la decoración, el trabajo de la pala, el puente y otros detalles con otros instrumentos
de los mismos constructores se podría deducir que, o bien es de la primeras guitarras
que hacían o bien podría ser obra de algún ayudante que tuvieran en el taller,
puesto que otros trabajos consultados reflejan un mayor grado de perfección.
Aún así no cabe duda de que se trata de un instrumento ejemplar de la guitarrería
valenciana de aquel período.
Las vueltas que da la vida son un misterio y, una vez más, el destino sorprende pues
esta guitarra procedía de un caserío de Navarra. Sólo pensar que viajó hasta allí, pasó años
en aquellas tierras y, cuando más castigada se encontró, volvió a Valencia con la esperanza de
rejuvenecer… Vaya historia la suya. Y además que el destino quisiera que fuera a caer en mis manos…
Se me ponían los pelos de punta.
La pobre llegó muy perjudicada: Sólo llevaba 2 cuerdas de acústica, le faltaban 2 clavijas,
la tapa estaba suelta a lo largo de gran parte de su perímetro, faltaban trozos del perfil,
el fondo tenía 4 rajas, 2 de ellas completamente abiertas, una cejilla de roble tallada a
navaja, ataque de xilófagos en la pala, el barniz cascado en varias zonas y polvo a mansalva.
Al principio pensé que no tenía arreglo, pero comencé (casi por curiosidad) a
limpiar el polvo con una brochita y fui descubriendo detalles que me animaban a seguir.
Los materiales eran de primera calidad. Tanto los aros como el fondo eran de un Palo Santo
de Brasil de indudable belleza. La tapa estaba hecha de 3 piezas de Abeto alemán y
contaba sólo con 2 barras, una sobre la boca y la otra debajo de ella. Examiné el
interior y descubrí 2 sencillas tiras de papel que reforzaban las juntas… ¡Y pensar
que había llevado cuerdas de acero!
Otro detalle que me asombró fue la incrustación de la roseta. Lo que parecía latón oxidado,
después del tratamiento adecuado resultó ser alpaca. Un precioso motivo floral recortado en
alpaca e incrustado en el disco de jacarandá, material del que también estaba hecha la pala.
Esta tenía unas tiras de ciprés vaciadas por algún insecto, que no tuve más remedio que cambiar
por unas nuevas. Afortunadamente el mango era de un buen cedro, sabida la tirria que le causa
esta madera a la mayoría de los xilófagos.
Después de reparar las separaciones, rajas y demás problemas estructurales del instrumento le llegó la hora al barniz. ¿Retocar o rebarnizar? Después de pensarlo no 2 sino 222 veces acuchillé el antiguo y volví a barnizar con goma-laca a muñequilla, el método tradicional de todos los guitarreros de ayer de hoy y de siempre. Dejé un fino acabado suficiente para proteger la superficie pero sin perder la sensación de "ver la madera".
Hice una cejilla nueva de hueso, permitiéndome la licencia de tallarla conforme al estilo de
algunos artesanos de la época.
Por último y recordando la ausencia de barras bajo el puente elegí un juego de cuerdas para
romántica, de menor tensión que la clásica, que dio un resultado excelente.
En Junio de 2006 sonaban los primeros acordes después de quién sabe cuántos años de silencio…
Un placer, señora.